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Como recordatorio, el término política proviene del latín politicus y este del griego politiká, una derivación de polis que designa a aquello que es público, o lo relativo al “ordenamiento de la ciudad o los asuntos del ciudadano”. Hoy en día, este concepto se halla cuestionado en toda la dimensión social. Tal vez no debería ocurrir así, pero es lo que hay. En las siguientes líneas me referiré a un tema que nace y se desenvuelve en este escenario.
Una de las tareas del accionar de la política es el de organizar y distribuir los espacios de administración pública, encargados de brindar servicios eficientes a la ciudadanía. En nuestro medio, esa distribución tiene a todo el mundo discutiendo.
Los administradores de los asuntos públicos provienen de la política: en ella conviven, allí se desenvuelven y sobre las acciones u omisiones de ese entorno, deben responder. Hay una cultura por madurar en ese sentido. Pero ¿qué ocurre cuando se subestima este esencial componente? La falta de olfato político, muy a menudo, causa remezones.
Han transcurrido 30 días desde que el nuevo Gobierno asumió el poder. El ofrecimiento de eficiencia en la administración pública, que responde a lo político, como ya se señaló anteriormente, es el debate central. Uno entiende que, lo más adecuado para cumplir esos propósitos, es la intervención oportuna de los principales integrantes del nuevo régimen, y aquí se incluyen expertos en la materia, asesores, estadistas, ministros, e indiscutiblemente el razonamiento del primer mandatario, y a todos cuantos él quiera integrar.
Y como el engranaje de los servicios del Estado, gira en torno al funcionamiento de las instituciones, unas más politizadas que otras, y estas a su vez, por la administración que las personas elegidas sepan ejercer, entonces las designaciones tienen que ser lo más oportunas posibles, y algo más importante: lo más acertadas posibles.
En política se debe jugar como en el fútbol: hay que saber anticipar. La sutileza es la clave. Pero resulta que, apenas comenzando el partido, se presentaron ya las primeras lesiones.
Entonces empezó a ocurrir lo que nadie aconseja. Designaciones de ministros, subsecretarios, directores y asesores, que, tan pronto entraban, ya estaban de salida. Si tienen o no méritos, o si son o no eficientes, es otro tema. A esto se suman los anuncios de intervención en leyes, instituciones o programas, donde después hubo que retractarse. ¿Qué ocurrió entonces? Sí, justo eso, como acaba usted de pensarlo: faltó intuición política, discernimiento, estrategia. Llámelo como sea, el tema es que “metieron la pata”, y en política pocas veces remiendan los errores. Esto en cuanto a cargos.
Mientras tanto, en el horizonte aparece el acostumbrado desencanto con respecto a la designación de funcionarios que provienen de gobiernos anteriores. La discusión aquí es amplia: unos defienden la “eficiencia” por sobre las prebendas políticas, otros no comulgan con ello, y promueven la alternancia a como dé lugar. No conciben a nadie que no sea de su línea, como encargado de alguna de estas plazas. Esto en cuanto a encargos.
A la gente de a pie poco le interesan esos ajetreos. Ellos aspiran, como todos, que sus trámites y requerimientos sean atendidos. Con el tiempo, esas aspiraciones se cumplirán como también no. Lo que sí será permanente, es la lucha por el espacio de poder.
Sepan que, en esa agitada tarea de nominar a uno u otro personaje, también pasaron por alto a elementos con capacidad, calidad, personalidad y perfil adecuado para los cargos disponibles. ¿Al final, eso es lo que cuenta no? Que los elegidos respondan de la manera más eficiente posible, y que esa eficiencia se traduzca en réditos para el país.
El letargo en el inicio de la administración actual pasa por ese pasillo: no haber tomado la suficiente cautela a la hora de escoger los puestos estelares y territoriales. Ah, y de paso se han ganado gratuitamente la desilusión de muchos seguidores, que esperaban algo más de precisión. ¡Y pensar que apenas se empieza a gobernar!
Es cierto que la organización administrativa y política es engorrosa, lleva tiempo y que no se puede agradar a todos, pero al día de hoy, hay centenas de puestos vacíos, ministerios y provincias carentes aún de los administradores de sus instituciones públicas: burocracia en acefalía. Y lo que es más delicado: ciudadanos necesitados de que esos administradores atiendan sus solicitudes y derechos.
La politóloga Laura Román Masedo, propone que la separación entre lo político y lo administrativo “debería pasar por desconocido, toda vez que, en la cultura de las sociedades, tendrían que prevalecer, ante todo, las virtudes de eficacia, y que esto represente soluciones para la gente”.
La próxima vez que vayan a tomar decisiones en este sentido, que el tiempo que utilicen para ello, lo aprovechen para estudiar todos los escenarios posibles. Estoy seguro que con un poco de razonamiento, se puede acertar. Alcanzar un propósito en el mundo de la política es sacrificado, nadie en su sano juicio, querrá ponerlo en riesgo.
Guido Delgado
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