La corrupción es un impuesto más; es un impuesto oculto que no está decretado, pero está ahí pasándole factura al país, es un impuesto inmerecido y regresivo; la diferencia es que no va destinado al desarrollo nacional; al contrario, enriquece las arcas del funcionario corrupto sea público o privado.
Al final del día lo que nos roban debe ser restablecido, ¿y quién más lo va a reponer sino los mismos ecuatorianos?, ese dinero difícilmente se recupera porque ni siquiera se queda en el país, va directo a paraísos fiscales a cumplir un ciclo de lavado de activos para luego ser utilizado sin levantar sospechas. Entonces el Estado tiene que cubrir el faltante cobrando más impuestos, haciendo menos obras o prestando menos servicios; no pierde el Estado, mucho menos pierde el gobierno, pierden los ecuatorianos.
Pero no sólo eso, es un impuesto regresivo porque ataca a quienes menos tienen, le roban al niño que no puede recibir sus clases en una escuela digna; le roban al paciente que se muere esperando que una casa de salud lo atienda; le roban al campesino que no tiene infraestructura vial para sacar sus productos; le roban al joven que es asesinado en la calle porque no había seguridad suficiente; le roban al desempleado que no tiene acceso ni a educación ni a oportunidades; le roban al adulto mayor que espera su jubilación que durante tantos años aportó. Es así que los miles de millones de dólares que se pierden por corrupción siempre afectan a los grupos más vulnerables y de escasos recursos, porque finalmente son quienes más requieren de la asistencia del Estado; de ahí la regresividad.
El ejemplo emblemático de éste impuesto injusto y regresivo, es el caso de Pedernales, cuyo pueblo golpeado por un terremoto en el 2016, esperó años para que el Estado adjudique alrededor de 8 millones de dólares en un contrato para la construcción del Hospital Básico de Pedernales, hoy lo que vemos es un terreno aplanado y unos cuantos detenidos. No está ni el dinero, ni la obra; literalmente la corrupción se les llevó un hospital.
En toda sociedad a lo largo de la historia ha existido el mal de la corrupción, pero en ciertos países como el nuestro el terreno es más fértil: vacíos legales, control ineficiente e impunidad; tres factores que fácilmente permiten al funcionario público y al cómplice privado moverse en ésas brechas para salirse con la suya. Las autoridades de control acuden de forma reactiva cuando ya el atraco es evidente; olvidan que su función es preventiva y que los delitos también se cometen por omisión.
Más de lo mismo es demasiado, necesitamos romper el esquema; porque la lucha contra la corrupción es la lucha de todos, sería utópico pensar que se puede erradicar éste mal, pero hoy definitivamente el impuesto que pagamos es muy alto.
Karina Michelle Torres Sánchez.